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Cuando el bosque arde, también se queman nuestras prioridades.

Cuando el bosque arde, también se queman nuestras prioridades.

Hay imágenes que cuesta olvidar.
Montes reducidos a ceniza. Animales huyendo. Vecinos desalojados en pocas horas. Carreteras cortadas. Personas que observan cómo el paisaje que conocieron durante toda su vida desaparece delante de sus ojos. Personas mayores, muy mayores, que ven convertida en cenizas una parte de su historia. Cada año, la misma letanía.
Este verano, los incendios de la Sierra Oeste de Madrid dejarán una huella difícil de explicar para quienes sentimos esos pueblos como algo cercano. Navas del Rey, Robledo de Chavela, San Martín de Valdeiglesias, Chapinería… nombres que estos días han ocupado titulares, pero que para muchos representan recuerdos: veranos, acampadas con amigos, el olor de los pinos bajo el calor, la resina, las flores de las jaras o las retamas, las curvas de sus carreteras, el musgo, los madroños, las piñas, los amigos con moto, los abuelos, y una parte de su identidad. Miles de personas han tenido que ser evacuadas o confinadas mientras cientos de profesionales trabajaban sin descanso para proteger vidas y patrimonio.
Cuando sucede algo así solemos hablar del “fuego”. Pero quizá deberíamos hablar más de lo que el fuego pone al descubierto. Porque los incendios no empiezan el día en que aparece la primera llama. Ese día solo se hace visible un problema que llevaba años gestándose. Y no hay más ciego que quien no quiere ver.
Y esa reflexión trasciende al monte. También ocurre con las personas. Y con las empresas. Hablamos con frecuencia de aquello que permanece oculto hasta que una situación límite lo hace evidente. Una crisis rara vez crea el problema; normalmente lo revela. Cuando todo va bien, es relativamente sencillo sostener un discurso sobre liderazgo, sostenibilidad, personas o cultura. La verdadera prueba llega cuando los recursos escasean, cuando hay que tomar decisiones difíciles o cuando el contexto deja de acompañar. Es entonces cuando descubrimos si existía una estrategia… o simplemente un relato.


Los incendios también dejan otra enseñanza. La prevención nunca genera titulares. Nadie inaugura un monte que no se ha quemado. Nadie fotografía una decisión acertada que evitó una catástrofe.
Sin embargo, todos contemplamos las consecuencias cuando la planificación resulta insuficiente o cuando la prevención pierde protagonismo frente a la urgencia. Quienes conocen el monte llevan años insistiendo en la importancia de la gestión forestal, de la planificación y del mantenimiento durante el invierno para reducir el impacto de incendios cada vez más intensos. Y, sin embargo, a los ganaderos, a los pastores y a la gente del campo apenas se les escucha, pese a que llevan años explicando lo evidente.


Y hablamos de empatía. De cómo la solidaridad aparece, como siempre, entre la población, con vecinos ayudando a vecinos. Pero esa empatía rara vez llega de quienes tienen la responsabilidad de gestionar. De quienes no escuchan con la atención que exige la situación y terminan, una vez más, priorizando el relato político sobre la solución del problema. Mientras tanto, los servicios de emergencia, los bomberos, la UME, la Guardia Civil, los voluntarios y tantos otros profesionales trabajan hasta el límite para proteger a los demás. Su esfuerzo ha permitido salvar vidas y atender a decenas de miles de personas en condiciones extraordinariamente complejas. Sin embargo, el debate público vuelve demasiado pronto al ruido, al reparto de culpas y al eslogan fácil.


Quizá esa sea una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Nos emocionamos durante unos días. Nos indignamos durante unos días. Y después seguimos corriendo hacia la siguiente noticia. Pero el daño permanece. El dolor permanece. Y es muy difícil para quienes han perdido, al mismo tiempo, lo material y lo emocional.


Porque los bosques volverán a crecer. En Robledo de Chavela crecí rodeada de pinos centenarios, enormes, nacidos después del devastador incendio de 1966. Yo tenía un año cuando ocurrió. Mi madre, hoy, llora porque sabe que ya no volverá a ver aquellos montes como los conoció, y que ella misma ayudaba a repoblar cuando era niña. Probablemente yo tampoco los vea. Y mi hijo tampoco tendrá la oportunidad de construir nuevos recuerdos en ese mismo paisaje.


Como si nada hubiera ocurrido. Como si el humo solo hubiera pasado por el paisaje y apenas hubiera rozado nuestra conciencia. A las personas y a las organizaciones nos sucede algo parecido. Esperamos a que aparezca el conflicto para hablar de comunicación. Esperamos al desgaste para preocuparnos por las personas. Esperamos a perder aquello que queremos, o el talento que nos rodea, para preguntarnos qué ha fallado. Siempre después. Casi nunca antes. Quizá sea una tendencia muy humana, pero me resisto a creer que tenga que ser inevitable.


Tal vez el verdadero aprendizaje de estos días sea recordar que cuidar nunca es una decisión puntual. Es una forma de gestionar. De liderar. De entender el futuro. Con las personas y con el entorno.
Porque prevenir requiere presupuesto, sí. Pero también requiere visión. Y la visión siempre resulta menos “vistosa” que la reacción, aunque, paradójicamente, según los expertos, también sea mucho menos costosa.


Ojalá dentro de unos meses dejemos de hablar de estos incendios. Pero no porque lo hayamos olvidado, sino porque hayamos aprendido realmente algo de él. Porque empecemos a escuchar a quienes de verdad saben, a quienes pisan el terreno cada día, a quienes conviven con el problema y, además, soportan una burocracia inmisericorde. Que se cuente con ellos para mantener nuestros montes, para repoblarlos y para actuar cuando todavía hay tiempo. Que los presupuestos lleguen cuando hacen falta, no cuando ya es demasiado tarde. Que las administraciones reaccionen de una vez. ¿A qué están esperando?
Porque los bosques volverán a crecer… mientras nosotros lloramos, nos lamentamos y convivimos con la impotencia. La verdadera pregunta es otra: ¿creceremos también nosotros? ¿Seremos capaces de aprender? ¿O seguiremos instalados en una sociedad que mira hacia otro lado y olvida lo esencial?


No solo se están quemando nuestros campos y nuestros bosques. También corremos el riesgo de que se queme nuestra capacidad de prevenir, de cuidar y de aprender. Y eso sería un incendio mucho más difícil de apagar. Nos estamos “quemando” nosotros.